Todo empezó diseñando interfaces.
Trabajando con startups entendimos algo incómodo: muchos proyectos no fallaban por tener un mal diseño. Fallaban porque nadie había tomado decisiones de producto.
Los equipos hablaban de pantallas. Muy pocos hablaban del producto. Veíamos éxito medido por entregar diseños o desarrollar funcionalidades, no por resolver el problema correcto.
Estrategia, diseño y desarrollo trabajaban por separado. Cada disciplina optimizaba su parte. Nadie era responsable del producto completo, y ahí aparecían la fricción, los retrasos y las decisiones contradictorias.
